Pep Llambías cruza el Rubicón
Carlos Jover


Fue Demóstenes uno de los que señaló primero que la enseñanza que se obtiene en la vida, lo que llamamos experiencia, nunca puede entenderse como la que es propia de una escuela gratuita, pues todo lo que se aprende entre el nacimiento y la muerte se hace a costa del pago de una muy importante factura. Sólo un idiota, o un autista, puede transitar el camino del dolor y del placer, del brillo de la inteligencia y del mate de la traición y de la ignominia, de la conciencia de la esencia del tiempo y del misterio del mecanismo que mueve los astros, sin mayores cicatrices que las heridas que le dejara el corte del cordón umbilical, allá en la salida de la linfa. Y el arte, como cuaderno de bitácora en ocasiones, y en otras como brújula oracular, no puede sino desplegarse como una piel sin miedo, en la que van marcándose las incisiones del viaje, los planes de vuelo, las derrotas sentidas y el fulgor de la audacia del hombre que alcanza, en algún instante eterno, el trono humano de dios.
El ya largo e intenso recorrido de Pep Llambías hacia el centro del misterio, como perseguidor de Kurtz en su ascenso por el río iniciático del conocimiento, le ha llevado ahora a cruzar de través el río que marca todo punto de inflexión del destino en nuestro meridional mundo, aquel curso de Italia que una vez cruzara César antes de serlo para serlo. Y así, Llambías ha tentado la suerte del destino con una doble muestra individual simultánea: la exposición “All’interno del bosco”, en el espacio del Estudio Trisorio en Nápoles, y la titulada “Parole maltrattate”, en el espacio que dispone esta célebre galería en Roma. Demostración de fuerza y de disposición de combate, a la vez que lógico hito en su carrera artística, Llambías despliega con exquisita intimidad trágica el conceptualismo de sus propuestas últimas, en las que une la simplificación de los recursos utilizados a una contundencia del sentido del primer mensaje, tras el que se esconde una cascada de diferentes significantes agazapados en la penumbra de lo inaprensible, que es la auténtica marca, como se sabe, de lo que se entiende por obra de arte.
La concepción de las dos exposiciones italianas, si bien corresponde al mismo momento evolutivo del artista, se desenvuelve en dos caminos bien diferenciados, lo cual viene a corroborar la versatilidad de su hálito estilístico, el amplísimo campo de actuación de su mente creativa, la inagotable fuente de recursos tanto en lo que se refiere a la efectividad del discurso como a lo que lo hace a la regeneración de códigos de expresión –cuestión que ha sido ya en muchas otras ocasiones indicado por los analistas de su obra, y que ha supuesto en muchas una dificultad añadida para que pudiese comprenderse, por parte del público distraído y no por el que conoce los vericuetos de la contextualización en la historia del arte,  el fondo, y sus capas de contención del ruido de fondo estéril exterior, de su extenso y polisemántico trabajo.

Dentro del bosque de Nápoles
Un bosque es a la vez un lugar para esconderse y una fenomenal biblioteca de troncos y hojas que no dejan ver más que de lejos el sentido del viento, nunca la singular voz de la savia particular de un poema linfático. En el bosque de Jünger se aposta el verdadero outsider, que en nuestra sociedad representa la última apuesta por un futuro en el que el individuo exista como tal. Hoy se  vive, tal como decía el pensador alemán, una situación en la “que el tema de la persona singular sometida a una batida va ocupando de hecho un espacio cada vez mayor en el arte”. Y eso se debe a que la corriente de la historia fluye torrencialmente hacia ese desfiladero amado por el gran hermano Jerjes y sus descendientes totalitaristas, del que no se salvará ni Leónidas ni ninguno de sus individuales compañeros. El artista como emboscado, como garante secreto del tesoro del espíritu ahora anoréxico, y también como francotirador desde la espesura, es el fundamento de la elección de este título significativo, que también debe una parte formal al escritor mallorquín Valentí Puig por su libro de relatos breves “Bosc endins”.
En Nápoles Llambías despliega un discurso humanista y antibarroco, que somete al espectador al fuego cruzado de la simplicidad , de las líneas limpias del conceptualismo con el poderoso terremoto inoculado por la poesía visual. Hay aquí, por tanto, un homenaje no oculto, pero sí trascendido, al Joan Brossa más expresivo y desasosegante, al Robert Indiana tardopop e incluso nihilista de perfil, y a una etapa concreta de Joseph Kosuth muy anterior, desde luego, a su intervención veneciana de la última bienal. Pero las sombras no hablan bien de la luz, el conocimiento de los padres no puede explicar siempre el comportamiento de los hijos, la lluvia recogida en la cuenca formada con las manos no permite imaginar la forma exacta de las nubes de donde ha manado. Así, la utilización, por parte de Llambías, de palabras en la ejecución de muchas de sus obras, que viene de la década de los noventa, alcanza ya el estatus de “oráculo de realidad”. Para decirlo en palabras del mismo Jünger, ya que lo hemos citado antes: “El lenguaje no vive de sus propias leyes; si así fuera, el mundo lo dominarían los gramáticos. En el fondo primordial la palabra no es ya forma, no es ya llave. Se identifica con el ser. Se torna poder creador”. Y también: “El lenguaje habita en torno al silencio a la manera como el oasis se emplaza alrededor del manantial”. Esencia del mundo, por fin hallada y exhumada, destellando con todas las perlas de misterio ante la nueva luz.
Nothing, pieza de impecable belleza poética, podría ser un ejemplo de lo dicho. La palabra escrita con neón encendido, colgando a modo de muda al sol de la noche, remite a un espacio más allá de la soledad y del martirio de las ambiciones humanas, un espacio espiritual que crece dentro de uno en la forma zen que podríamos expresar como de “vacío lleno”, esa constatación intestina que a la vez duele y embriaga, desampara las cuevas de la carne y forja con “verdad” las paredes del corazón. Presion, Soledad, Tears, Respirar, o el diáfano y apocalíptico AZ, hablan por sí solas de este cúmulo de inquietudes que destila aquel viaje iniciático que comentábamos al principio. El arte no es ya un cometido purista en aras de conseguir una simbología propia e intransferible, una gramática  plástica de autonomía innegociable, un idioma secreto para uso exclusivo de los miembros de una secta. El arte deviene “arma de verdad” en el sentido wittgensteiniano, y decir debe entenderse como alumbrar el ser de entre los pliegues de la nada.

Roma: la eternidad existe porque puede pronunciarse tu nombre
En el espacio de la galería Trisorio en Roma Llambías ha sometido a tensión el discurso que pretende bautizar el ser con la palabra, ese supuesto metafísico que está en el arranque de todo auténtico impulso de creación. “Parole maltrattate”, título de la muestra, analiza el fracaso del lenguaje en su pugna con el tiempo. Porque no sólo las palabras, como seres que son, envejecen por la carga de la edad y el desgaste de sus músculos fatigados por el esfuerzo continuado, sino que, además, pierden su carga de asertividad al vulgarizarse por reiteración, como ocurre, por ejemplo, con todo acto de barbarie cuando se convierte en cotidiano en tiempos de guerra. La palabra “muerte”, entonces, deja de ser, abandona la cueva de Platón como la sombra de una sombra, y se diluye en la multitud del mundo como lo hace un grano de arena cuando la marea lo escupe en la playa.

El lenguaje herido, obsoleto, precisa entonces de una refundación del ser, y es ahí donde el artista ocupa el lugar de mando, el timón del destino. Palabras que dan vida a una nueva realidad, acto de creación por antonomasia. Lenguaje cuya gramática todavía no está escrita.
La intervención romana de Pep Llambías, entroncada con anteriores reflexiones conocidas, como la incluida en la antológica exposición “El abecedario de las imágenes abandonadas” de La Lonja de Palma en 2006, describe ese proceso comentado de desgaste del lenguaje. Teclas de una anciana máquina de escribir en escala de desequilibrio yacen por el suelo como cadáveres de una batalla perdida y sin nombre. Vástagos de un imposible émbolo para producir realidad, maltratados. Letras que gustarían quererse para trascender su silueta de signo neutral, baqueteadas, derramadas sin orden sobre un altar de desechos. El significado de este cúmulo de elementos sígnicos sin estructura apunta, por paradoja, hacia el origen de todo lenguaje, de toda comunicación, de todo lo que existe, de toda realidad, ese fundamento con forma de áncora que es el tiempo. Y en el tiempo todo lo que tiene que ser es, y lo que no tiene que ser, no es. El arte, así, nos llega investido como nueva religión, nueva filosofía, nueva física. Las palabras, consignadas por el artista, bautizan las cosas que estaban a la espera de ser. Y lo que parecía ya ser, queda relegado a mera apariencia de ser. La sombra de una sombra.
Imagen de potente significado, el lenguaje por inventar, las teclas muertas tiradas en el pavimento para ser resucitadas por el único que tiene el poder de hacerlo: el artista. O el poeta. De ahí la mediación de los versos que contrastan la no-significación literal del revoltijo de letras caídas. Una obra plena, necesaria en la ascensión por el río iniciático. Pep Llambías alcanza así ese centro del saber, donde reside el desorden que será el germen del futuro, como Kurtz al final de su viaje interior. Lo que viene después de ese fulgor deberá escribirse con cuaderno nuevo, y una gramática virgen de la que todavía nada conocemos.

Nápoles-Roma-2008