La imagen obsesiva
Enrique Juncosa


Abrir los ojos es romperse por el centro
José Lezama Lima

La primera vez que vi una obra de Pep Llambías pensé inmediatamente en la obra de Joan Brossa. Sin duda, porque la obra de ambos puede contemplarse sobre el paisaje de fondo del surrealismo, explorando formalmente, además, las posibilidades de la llamada poesía visual, el collage, la utilización plástica de objetos y palabras, y la utilización gráfica de imágenes. El trabajo de ambos desarrolla, también, ideas próximas al arte conceptual, aunque con enfoques bien diferentes. Para Llambías, más alejado de los dogmas vanguardistas, son otra vez importantes los resultados plásticos, como si quisiera casar el placer retiniano con la tradición que abre Marcel Duchamp. A diferencia de Brossa, Llambías otorga gran importancia al acabado de sus obras, quizás porque su carrera se desarrolla después de muchos años de prestigio del minimalismo. Así, mientras que Brossa daba instrucciones a su galería para concretar sus objetos, Llambías los realiza él mismo con delectación artesanal. En la obra del mallorquín, por último, no existe obsesión por la magia y es menos importante la utilización del humor, creyendo decididamente, sin embargo, en la posibilidad de la imagen para convertirse en obsesión.
Aquí, en cualquier caso, presentamos las últimas cinco series de trabajos de Pep Llambías, desarrolladas de 1996 a la actualidad. Son obras que van del dibujo a la escultura, para subrayar una concepción metalingüística del arte, que, sin embargo, está abierta o cree en sus posibilidades simbólicas. Parece evidente que las formas en las que se manifiesta su trabajo obedecen más a su talante como artista que a una decisión programática. Llambías persigue la claridad y la rotundidad visual desde perspectivas analíticas. Sin embargo, sus obras nunca son frías empezando obviamente por su ejecución. Algo que también se hace evidente con la mera enumeración de sus imágenes características más recientes: lenguas, corazones, nidos, manos o rosas. Llambías nos habla, por consiguiente, de sistemas de comunicación y de entendimiento, pero no desde un planteamiento teórico o abstracto, sino que claramente sensual o emocionado. El lenguaje del que habla es el lenguaje de la poesía entendida como discurso erótico o amoroso. La serialización o la repetición propias de su obra tienen que ver también con una concepción ritualística del arte que persigue la cancelación del tiempo, persiguiendo ese “presente eterno” del que habló Sigfrid Giedion.
Las obras pertenecientes a la serie “Babel”, en primer lugar, son la continuación de unos trabajos iniciados a finales de los ochenta. Se trata de una serie de lenguas y corazones, y la palabra babel construida en madera. El título, evidentemente, nos habla de la confusión de las lenguas, de la dificultad de la comunicación… En este contexto, sin duda, el uso del corazón quiere hablarnos del fracaso amoroso cuando la comunicación cesa. Las lenguas de la serie “Babel” son lenguas cortadas, aguijoneadas con clavos o ensartadas por un espetón. Nos recuerdan como a veces pueden hacernos daño hasta nuestras propias palabras o como puede traicionarnos el lenguaje, ya que ni siendo puramente denotativo o connotativo es del todo fiable. Otra obra de esta serie, “De corazón I”, es un corazón negro de resina en una urna de cristal, símbolo de la fragilidad de nuestra condición y de la imposibilidad del amor más allá de la muerte. Una torre rota de letras que forma la palabra babel subraya el discurso ciertamente pesimista del artista, pero lejos de la retórica expresionista. Se habla aquí con distanciamiento notable, aunque la ejecución cuidadosa de las obras nos recuerda su sentido emocional, aproximándonos.
La serie “Gestos”, prosiguiendo con su enumeración, surge alrededor de otra escultura en madera de una palabra “mano”. De nuevo, se observa aquí la naturaleza analítica del trabajo de Llambías. El título “gestos” remite, evidentemente, a la pintura gestual del Expresionismo Abstracto que buscaba reflejar el momento mismo de la creación mediante la improvisación y el dinamismo. Se trata, sin embargo, de dibujos muy cuidadosos de dedos o diferentes posiciones de una mano. Estos dibujos  se dividen en dos espacios, uno claro y otro oscuro, como en una pintura abstracta minimalista, aunque sobre el fondo oscuro se dibuja una mano o un dedo, parodia de un gesto, con muchísimo cuidado. De esta manera se subvierten las dos escuelas principales del llamado formalismo americano, la pintura gestual y el minimalismo. Llambías utiliza el dedo índice, que sirve para señalar, lo que refuerza la intencionalidad semántica. “Dedo de señalar”, por último, es una serie de dedos dispuestos en la pared formando un cuadrado, que constituye casi una pintura gestual tridimensional y congelada de ritmos exactos. Su objetivo es el cuestionamiento de las posibilidades de una concepción expresionista de la pintura después de innumerables repeticiones retóricas.
La serie de “Nidos” es quizás la más brossiana de todas las que comentamos. En ella aparecen la palabra que da título a la serie y diferentes objetos que formalmente se refieren a un nido. Adecuadamente, uno de los nidos es un colador, sugiriendo que nada es definitivamente aprehensible y que los momentos de la verdad son fugaces. El nido es evidentemente también un lugar de acogida y un emblema de hogar y protección, de identidad, de refugio maternal. El hecho de que aparezca siempre como vislumbre tras un deslizamiento semántico, subraya conceptos de fragilidad e indefensión, con clara ironía. Llambías cuestiona en último término la posibilidad del arte para ser verdad absoluta, por mucho que sea la única posibilidad con la que contamos, desde la connotación y la metáfora, para aproximarnos a lo inefable. Con voluntad de hibridación formal, las esculturas de esta serie van acompañadas, a veces, de fotografías. Llambías, como la mayoría de los artistas de su generación, otorga una función instrumental a formas, conceptos y materiales, rechazando la tiranía de los fines precisos dada su fragilidad en contextos siempre cambiables.
La serie “Rosas” incluye, otra vez, la palabra esculpida, cuidadosos dibujos a lápiz, y esculturas en urnas que remiten a la poesía visual. La rosa es aquí metáfora del arte, de su belleza y, puesto que tiene espinos, de sus posibilidades hirientes. El artista cuenta que la idea de esta serie se la sugirió de un verso de William Faulkner “…¿no ves que la rosa que no ha muerto es una rosa de papel?”. La rosa es emblema tradicional de la belleza, a pesar de su fragilidad. En ella está implícita la idea de muerte, pues todos sabemos que se marchitará. El artista la dibuja y no la pinta, encontrando una técnica que subraya su fragilidad aunque pueda perdurar mucho tiempo. El hecho de que las dibuje a blanco y negro les otorga una cualidad más intemporal, aunque las diferentes leyendas yuxtapuestas a la imagen nos hablan de que no es una rosa real: “no hiere”, “no respira”, etc. Como siempre, el acompañar imágenes con letras y texto nos insta a leer esas imágenes, aunque se trate otorgándoles significaciones abiertas, dependientes de nuestra propia e individual subjetividad.
“San Silvestre”, para acabar, no es realmente una serie, sino una instalación vertical formada por cien corderos idénticos de bronce clavados sobre la pared y mirando todos en la misma dirección. Del cuello de cada uno de ellos pende una etiqueta también metálica donde está escrito el nombre de una persona, indicando su nacionalidad y las fechas de su nacimiento y muerte, además de estar acompañados cada uno de un poema. La visión en conjunto de este grupo subraya el anonimato que nos confiere la masa y el hecho de que a todos, hallamos nacido en cualquier parte del mundo y hallamos destacado en algo o no, nos une la muerte. El cordero simboliza obviamente la imposibilidad de luchar contra ese destino desde una posición materialista. También sugiere los experimentos de clonación genética, que desde la biología están introduciendo cambios éticos que todavía no son del todo discernibles pues abren perspectivas insólitas. El título mismo se refiere al último día del año, en un momento en que también fue el último día de un siglo y de un milenio, aunque no se trate de una visión apocalíptica sino resignada.
La obra de Pep Llambías se inscribe dentro de un grupo de prácticas artísticas que se resiste a la categorización. Estas prácticas funden géneros sin prejuicio alguno, utilizan cualquier forma o material, y juegan con azar y casualidad. Al describirlas, el crítico norteamericano Thomas McEvilley, dice que pueden dividirse en dos géneros: La neoinstalación de tipo político, que presenta la obra en forma de texto tridimensional dando claves muy concretas para forzar su lectura, y la escultura neoconceptual, que se aleja de las lecturas unívocas para sorprender al espectador de manera vigorizante y no agresiva mediante paradojas que contrariamente a la tendencia anterior, quieren impedir una lectura exacta de sí mismas. La obra de Pep Llambías, es curiosamente un híbrido de ambas posiciones. Nos da datos concretos en situaciones que invitan decididamente a la lectura, pero su discurso, y ahí radica su naturaleza enriquecedora, es un discurso repleto de contradicciones y paradojas. Obviamente no quiere darnos lecciones, sino que teje un discurso que nos remite a la vida misma mediante imágenes que le obsesionan.

CCC Pelaires-2001