El silencio de los corderos de Pep Llambías
Pablo J. Rico


Desde luego mantengo con Pep Llambías cierta complicidad sobre algunos temas artísticos que nos interesan a ambos —por ejemplo, coincidimos en nuestro mutuo interés por un género de arte con evidente personalidad y específicamente “contemporáneo” que tiene su origen en los primeros años del siglo XX y que ha ido ampliando y enriqueciendo sus posibilidades expresivas, estéticas y de comunicación a lo largo de todo el siglo hasta nuestros días... el de las “palabras pintadas”— y me complace reconocer e interpretar su trabajo formando parte de esta corriente principal del arte contemporáneo. “Palabras pintadas”... de tal modo he denominado esa tendencia estética secular(1) de incorporar palabras, textos escritos, al territorio visual, formal y conceptual propio de las artes plásticas, su creciente presencia  y protagonismo hasta alcanzar autonomía propia como “género”, y para significar la atracción de muchísimos artistas por tales estrategias y elementos de representación. Un interés casi masivo por las palabras pintadas que no encubre la disparidad de sus intenciones: en unos casos servirse de las palabras y los textos como principal sujeto icónico, o como “ilustración fría” de un concepto; en otros, utilizar estos recursos con carácter subsidiario, formalmente o por eficacia compositiva; o quedar fascinados por las cualidades expresivas y subjetivas de la caligrafía, por la capacidad simbólica de las tipografías... Tras su temprana aparición en las pinturas cubistas de Braque, Picasso y Gris, las palabras y los textos se incorporaron con creciente autonomía al catálogo de imágenes del arte contemporáneo: primero gracias a los nuevos sentidos y horizontes abiertos por Marinetti y los futuristas, las experiencias para-artísticas de Duchamp, Picabia y los dadaístas, o las nuevas lecturas que ofrecían las paradojas lírico-surrealistas de Breton, Miró y Magritte... Luego, ya instaurado un extenso territorio de significación y representación personalísimos, el género de las palabras pintadas tomó orientaciones más extremas —por ejemplo, la invención del “letrismo”— y multiplicó su presencia, su protagonismo, en las sucesivas tendencias contemporáneas —en el Pop, en el movimiento Fluxus, en los distintos conceptualismos, en la postmodernidad...—,  diseminando su influencia y sus motivos sobre otros modos expresivos y técnicas artísticas, como la escultura, fotografía, imagen electrónica, las instalaciones multimedia, y más recientemente en el net art y en el concepto de “diseño global”... Por muchas razones y en muchos aspectos podríamos convenir que el género de las palabras pintadas (como en otro tiempo lo fueron los géneros de pintura religiosa, el retrato, el paisaje...) ha sido un modo eficaz de representar la realidad compleja y cambiante de nuestro mundo contemporáneo y anunciar ideas y compromisos sociales e ideológicos con mayor efectividad; pero también ha sido útil para crear tensiones estéticas innovadoras, reformar nuestra natural capacidad de ver y reconocer con nuevos estímulos visuales y de significación, e inaugurar nuevas posibilidades de interpretación y sentimiento artístico hasta ahora desconocidos...

Y es que leer amplifica —y distorsiona— la facultad de ver... (y no sé, de verdad, si eso es bueno, malo o peor). Pero me gustan las letras pintadas, para qué negarlo, y leer en las exposiciones todo lo que se les ocurre a los artistas, sus textos propios o ajenos, sus compulsivas urgencias textuales... menos las fichas técnicas de sus obras —qué pérdida de tiempo— y desde luego nunca esos estúpidos y presuntuosos carteles didácticos que compiten deslealmente con las obras que pretenden explicar y restan un tiempo precioso a su contemplación, o al asombro y la perplejidad... A Pep Llambías le gusta crear obras con palabras... y a mí leerlas.

También coincidimos Pep Llambías y yo en nuestro común interés y fascinación por la película magistral de Jonathan Demme —The silence of the Lambs— basada en la novela homónima de Thomas Harris. Lejos de tratarse simplemente de un thriller eficazmente realizado y sabiamente interpretado por sus protagonistas principales — Anthony Hopkins (Dr. Hannibal Lecter), Jodie Foster (la detective Clarice Starling), Scott Glenn (el jefe del FBI, Jack Crawford), Ted Levine (el killer Jame Gumb “Búfalo Bill”)— se trata de una obra esotérica e iniciática, profunda, de denso y misterioso simbolismo... Estoy de acuerdo con Olavo de Carvalho cuando afirma que Demme ha querido representar “una apología sobre el conflicto entre la inteligencia humana y la astucia diabólica”, al tiempo que narrar el trayecto “mítico” de una iniciación auto cognoscitiva...(2) De alguna manera Demme nos evoca en su película el itinerario de los caballeros en su búsqueda del Santo Grial, la confrontación de los místicos con las tentaciones del mundo y el diablo. En esta tragedia épica y mítica entre la inteligencia humana y la astucia diabólica, el Dr, Lecter resulta fascinante pero no tanto como se ha especulado... ni Clarice ocupa el lugar de la ingenua seducida. En cambio el jefe de Clarice, Jack Crawford, se constituye en personaje principal de la epopeya, el Abraham coránico, el San Bernardo de la leyenda medieval, que hace trabajar el mal al servicio del bien... Lecter sería en esta trama de referencias literarias el Mefistófeles de Goethe. Si Lecter lee en la mente de los otros, Crawford lee en la mente de Lecter, y se adelanta a sus pensamientos, más aún, los provoca, los induce a través de Clarice. Se trata del duelo entre dos magos, realmente trascendental y cosmológico, infinitamente superior al que representan Clarice y Lecter o Clarice y “Búfalo Bill”... De quien está verdaderamente fascinada Clarice es de su jefe Crawford, su “guru” y guía espiritual. Y Lecter, a su vez, de Clarice... la virgen que no puede impedir el sacrificio de los corderos, de su hijo, y que atrae al maligno con su inocencia y debilidad humana... Lecter es a Gumb como Crawford es a Clarice, “gurus”, maestros que forman, educan, dirigen su mente y dan sentido a su pulsión de mal, o de compasión. Gumb es también un siervo del Mal, de Lecter, que le ha conducido al camino del delito, como el Diablo es siervo de Dios en su plan de alcanzar el bien a pesar de sus malas intenciones. Esta paradoja, esta ambigüedad de funciones e intenciones resultarían patéticas e inverosímiles si no fuera por la ironía y la siempre sorprendente astucia e imaginación del maligno... es el humor lo que hace atractivos y soportables a los demonios, a los artistas... Ay, los artistas y su humor, y la cómica gravedad de sus críticos... El Diablo tiene sentido del humor, el Dr. Lecter es un artista, nadie ha visto reír a Crawford, ni a Clarice... las fuerzas del bien no saben reír, o lo olvidaron... Olavo de Carvalho nos recuerda que el mal no es exactamente algo que “existe” por sí mismo, sino “un cierto efecto accidental por la confluencia inoportuna de dos “bienes” de diferente especie... (por ejemplo, entre el amor a una mujer y el afecto especial de amistad profunda con un amigo, cuando se trata de la mujer del amigo). Para Sócrates el mal vendría de la ignorancia; para Freud, del depósito de nuestro inconsciente en donde se refugiaron nuestras imágenes y deseos rechazados y temidos por el consciente. Clarice es la heroína que ama la verdad, que no tiene miedo ni huye cuando se enfrenta a la verdad de su debilidad y se muestra transparente incluso al mal, al Dr. Lecter... Esta virtud desarma al Diablo, le conmueve, le rinde con admiración a lo que Clarice representa. El bien se reconoce en el estoicismo: en la abstinencia, en la espera paciente, en el amor fati de quien acepta su destino, y nos anima a soportar el dolor y el sufrimiento. El bien posee también el valor estoico de la “clemencia comprensiva”, una especie de compasión intelectual no emotiva (estar abierto a la comprensión de todo, también de lo contrario y repugnante, pero sin dejarse influir emocionalmente). Clarice mantiene con Lecter esta “clemencia compresiva”: no le odia, no le teme, no le ama... le observa y escucha. Realmente lo que hace que Clarice desequilibre la balanza es la compasión que siente por las víctimas de “Búfalo Bill”, los “corderos inocentes” que quiere salvar... Al Mal le inquieta esa quietud y serenidad de la compasión: la quietud le admira; la fortaleza y paciencia de la espera le conmueve... ¿Qué podría enamorar al Mal?... Y tantas cosas que me gustaría contar y escribir sobre “El silencio de los corderos”, las unas aprendidas y las otras reconocidas sin querer, pero en suma interiorizadas y con voluntad de hacerse literatura... Pero no es posible, el espacio que se nos concede a los contadores de narraciones iniciáticas y esotéricas, como son estas cosas del arte, siempre es escaso. Además, recuerdo, debo escribir sobre las obras de Pep Llambías que forman de esta exposición. Y aunque también representen corderos inocentes y traten sobre el amor, los rituales de iniciación, las señales de reconocimiento y los juegos de manos mágicos, las palabras que intercambian sus letras para esconder sus secretos más escondidos... dicen que todo tiene un límite, o al menos debemos aparentar que existen y son visibles. Si no esto sería una novela...

Yo no sé —ni Llambías me lo ha revelado, multiplicando los efectos de su secreto— por qué nuestro artista se interesa por las cabezas de cordero como motivo formal e imagen recurrente principal en sus últimas obras, aunque el interés parece que viene de lejos. Y a estas alturas aún no sé si se trata de un “texto” visual, un “contexto” significativo o un “pretexto” conceptual, que de todo debe haber, supongo. Porque placer e ironía hay, se reconoce, pero no es suficiente. Ni tampoco creo que se trate sólo de un juego de palabras y emblema que juegue con su apellido, Llambías, tan aproximado a la palabra inglesa “Lamb” (cordero)... lo que induciría a pensar que se trata de autorretratos emblemáticos o balidos estéticos que denuncian el otro silencio de los corderos artísticos que se resignan a ser conducidos, sumisos, al matadero de sus esperanzas... galerías, museos, mercado, y qué sé yo...

Lo que hacen atractivas, seductoras estas obras (es decir, que atraen las miradas) es el enigma de su paradoja visual: una especie de brillo hipnótico producto de su juego de espejuelos, de la vibración de elementos aparentemente antagónicos, del encuentro de formas y técnicas casi irreconciliables, de imágenes, objetos y palabras que se superponen en estratos diferenciados (como una Lasagna) y acoplan con ironía y desenfado... Aunque sus referentes artísticos más convencionales son fáciles de reconocer —el DaDa de Schwitters, el surrealismo de Magritte, Meret Oppenheim y Miró, la poesía visual de Broodthaers y Brossa, los juegos lingüísticos de Fluxus, los collages visuales de Rauschenberg y Warhol, el conceptualismo de Kosuth, incluso ciertas afinidades visuales con Duchamp, por ejemplo—, hay otras posibles lecturas por hacer en las obras de Pep Llambías y en su trayectoria última. Son obras quizá a contracorriente, aunque parezcan inmersas en una especie de main stream de época —neo minimalista, neo conceptual, neo tecnológica, seriada, etc. A veces (casi siempre) las apariencias engañan. Hay mucha pasión y gestos excesivos en Pep Llambías, todavía. Como el desconfiar de la reproducción fotográfica y reinventar laboriosamente las imágenes a mano, con preciso dibujo durante días, semanas... o seguir procesos molestos y peligrosos (a la vez que disfrutar de las manualidades del artesano y joyero) para elaborar sus objetos fetiche que luego seriará con aparente despreocupación y desmesura... o copiar definiciones precisas y descriptivas de antiguos diccionarios escolares para enfrentarlas luego al oscuro objeto de su pasión... o el uso diferenciado de caligrafías personales y tipografías normalizadas... y tantas otras cosas más. Acaso el “marco” de la obra, su contextualización, participe de ese main stream de época, de su ilusión... pero su objeto, el corazón de sus obras, es romántico, informal, orgánico, viscoso y tibio... Tampoco la elección de sus “palabras pintadas”, de sus textos poéticos, es fría e intelectual. Me gustaría saber en qué, en quién, pensaba Llambías al elegir palabras tan esotéricas y polisémicas como Amor, Locura, Pedir, Cor, Niu, “el ritual de respirar”, o al construir sus abecedarios con cabezas de cordero degolladas... “El camino del exceso lleva al palacio del saber”, escribía William Blake, siempre tan misterioso...

Entre las obras que nos presenta Llambías, quiero destacar dos abecedarios de veintiséis letras y dos interrogantes —¿acaso una duda razonable sobre el valor terapéutico de las palabras, de su capacidad de significación, o de las afinidades electivas y tropismos de las letras solitarias para construir palabras familiares? Se trata de letras-balido, fonemas dibujados que se acoplan a sus respectivas cabecitas de cordero degollado componiendo un duetto extravagante, el eco del escándalo de los culpables, un mantra prodigioso para aliviar al mundo de su pesadez y eterno retorno. Uno de los abecedarios “interrogados” es de papel y lana, vertical, encapsulado... el otro es de resina de poliéster, sanguinolento, animal, encajado, horizontal. Cuando las palabras, los recuerdos, se eligen y muestran por su belleza es que ya dejamos de tener miedo a su significado y lo que representan en nuestra vida. Entonces hay que crear nuevas palabras, desear con renovada intensidad para hacerlas posibles, esperar que vengan a nuestro encuentro con paciencia...

Así llegaron otras palabras y otras obras de Pep Llambías: un extraordinario díptico parlante —“El ritual de respirar”— con palabras de neón sobre cabezas de cordero —otra vez— dibujadas e inventadas (también dibujar es como esperar que venga la imagen con paciencia, una especie de espera enamorada de la imagen). Y una magnífica vitrina-instalación —“Amor”— en la que Llambías ha sabido conjugar poéticamente los recursos conceptuales de la palabra, las definiciones de los diccionarios (aunque sean tan parciales e incompletas como ésta: “Amor, estado psíquico o sentimental que lleva a un ser humano hacia el otro”), y los iconos y objetos emblemáticos, tales como un corazón, un árbol antropomorfo, ramas-hojas-dardo... aire encapsulado. Y también un nido maternal (aunque metálico y espinoso) que acoge en su seno y acuna su propio nombre (en catalán, lengua materna de Pep Llambías). Y por último, dos cuadros de manos parlantes de la serie “Gestos”, deudores tanto del lenguaje especial de sordos y mudos como del lenguaje universal de las manos... Ay, las manos... los dedos, la energía que fluye entre ellos. ¿Recuerdan la escena en la que el Dr. Lecter acaricia y apenas roza los dedos de Clarice? ¿Recuerdan la escena de la creación de Adán en la Capilla Sixtina del Vaticano, en Roma? Y es que las palabras y las imágenes derivan siempre hacia lo mismo... a encontrarse en medio del universo en ese centro profundo e hipnótico en donde se abisman los significados y se reproduce el milagro de la eternidad... Algo así como un silencio transparente.


Notas:

(1)    Pablo J. Rico: “Pintar palabras...”; catálogo de la exposición “Pintar palabras”, Instituto Cervantes, Berlín-New York; Madrid 2003
(2)    Olavo de Carvalho: “Símbolos e Mitos no Filme O Silêncio dos Inocentes"; IAL & Stella Caymmi, Rio 1993

K.Museum.Bonn-03